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Hace un tiempo visité a la Suerte en su casa en Sangolquí. Mientras iba en camino, pensaba lo lejos que queda su estancia de Quito, al menos para mí, acostumbrada a  vivir en esta ciudad toda la vida. Cuando llegué, cambió mi forma de ver esa lejanía. Realmente valía la pena.

Todo ahí es magia y la sonrisa con la que la Suerte te recibe, alimenta ese escenario irreal. Es de esas personas que te dejan la sensación de bondad en el corazón.

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Me intrigaba saber cómo decidió involucrarse con el arte. No todas las personas nacen para vivir envueltas de él, a pesar de estar rodeadas de arte toda su vida.

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Desde pequeña, cuando estaba en el colegio, la Suerte sentía que el sistema tradicional de educación no le iba bien. No le gustaba o simplemente no era para ella. En cambio, disfrutaba los momentos que pasaba en el taller de una amiga de su mamá, sin imaginarse que las cosas que hacía allí con tanta inocencia y fascinación serían las que continuaría haciendo todavía a sus 26 años.

Luego, esa niña que renegaba de los estudios, estudió sociología y artes liberales en la universidad, pero siempre predominaron sus ganas de crear y expresar sus pensamientos y sentimientos por medio del arte.

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Mientras abría cajones de una cómoda antigua en su estudio, me contaba cómo formó parte del colectivo de arte urbano de los ‘Freaks’. Con ellos realizó intervenciones de arte en la ciudad, algunas de las cuales  prevalecen hasta hoy.

Tal vez ese aprendizaje de intervenir es el que más ha tomado vida en su obra, además se sus ilustraciones, la pintura y los murales. Dentro de su estudio existen toda clase de objetos, desde latas de atún hasta vajillas en desuso que han sido trabajadas para tomar una nueva vida, una vida creada por la Suerte.

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Uno de sus mayores tesoros esta en otro rincón de su casa. Una especie de bodega donde alberga más tesoros: maderas, puertas y un sinfín de objetos encontrados que para un ojo común podrían catalogarse como basura. Para la Suerte todo merece ser intervenido.

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Como lo hizo con unas puertas que encontró en la calle, una cámara antigua, unas luces otros objetillos que dieron vida al “photomaton que te roba el alma”. ¿Cómo no enamorarse de esto?

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La Suerte tiene el don de poder crear todo lo que ella sueña en cada objeto, lugar o momento. Es magia pura. Ella  me hizo recordar por qué disfruto tanto de conocer gente que ama hacer lo que le apasiona.

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NOTA: Casi me olvido de contarles esta anécdota:  cómo llegó a llamarse la Suerte. Hace algunos años, después de regresar de un viaje, grafiteaba las paredes de alugunos de susamigos con la frase: Suerte Juan, Suerte Daniela o como se llamase su amigo. Desde ese momento todos la llamaron la Suerte. Y bueno, cómo no va a ser una suerte encontrar a personas como ella en nuestra ciudad.