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Hacienda Manteles, paisajes, colores y familiaridad

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Hay veces en las que resulta extraño entrar a un lugar y sentirse familiarizado con cada uno de sus espacios, su movimiento y sus silencios. Sentir que todo el camino que se recorre hasta llegar ahí te llena de vida con cada uno de sus colores e incluso genera nostalgia de una vida tranquila, desconectada de redes y conectada con sensaciones simples como ver un amanecer en un silencio que conforta.

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Al llegar a Patate el paisaje toma un color verde intenso en el que las flores, tomates, rojas y amarillas se transforman en estrellas que brillan por todo el camino. Mientras más te adentras ves la señal del celular esfumarse y con eso te conectas cada vez más con el paisaje hasta llegar a un letrero de madera que te indica que llegaste a Hacienda Manteles. Un espacio que familiar por varias décadas que abrió las puertas al turismo desde 1992.

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Uno de los encantos de este lugar es que desde el momento que llegas te sientes como si estuvieras en tu propio espacio. Tres perros, Lulu, Picasso y Luke son los primeros en recibirte como si te hubieran estado esperando por días e incluso son los que te siguen con su cola sin parar de moverse hasta el lobby de la hacienda.

 

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Eran las 11h00, después de tres horas de viaje, y lo primero que se quiere hacer es recorrer por esos paisajes que se ven en todo el camino. En la puerta Lulu, Picasso y Luke ya estaban esperando para salir de paseo por un sendero de dos horas, de ida y vuelta. Después de pasar entre árboles de más de 180 años y caminar por el río se llega a una cascada que atraviesa toda la hacienda.

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Al regresar de vuelta a la casa era mágico ver todos los rincones iluminados por el sol y sentir que sabían, que después de una caminata, un almuerzo caería bastante bien. Los sabores también se sienten familiares y guarda su esencia de hacienda al mantener un menú casero llevado a una experiencia gastronómica, de las que luego requieren un pequeño paseo.

 

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Baños está a 25 minutos en auto, y aunque a veces se siente que no cambia mucho, nunca deja de cautivar con su plaza, su mercado, su gusanito, su melcocha, su iglesia y su agua santa… nunca dejará de ser un lugar mágico.

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Pero lo mejor de todo estaría al regresar, sentarse en un columpio y poder sentir la noche llegar. Ver la neblina tomarse el bosque y ver esos árboles transformarse en siluetas de sombras hasta caer completamente la noche.

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En Hacienda Manteles no hay un solo rincón en el que no se sienta la riqueza de la naturaleza. Sus habitaciones han sido pensadas para mantener su esencia de hacienda así como para poder sentir el placer de estar rodeados de paisajes que roban el aliento desde el inicio del día.

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Cada segundo que pasa genera paz y quietud, un momento que permite alejarse del ruido para poder escucharse a uno mismo, conectarse con la sensación de ver un amanecer, acariciar tres perros como si fueran tuyos, aprovechar cada uno de los rincones para leer el libro que teníamos pendiente y sentir, por sobre todo, el placer de darse un momento para estar.

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